En el transcurso de la vida y los años hay una constante implícita que nadie quiere admitir y que a todos nos afecta...
Primero cuando somos pequeños, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis años; te dicen que no puedes pensar porque eres muy chico, que en medio de tus mil "¿por qués?" no podrías entender ni un ápice de lo que es el mundo. Después de todo tu existencia se reduce a ir al colegio, pelarte con tus "amiguitos" y llorarle a tu mamá.
Luego, pasan los años y llegas a secundaria. Y sigues sin poder pensar. Ahora resulta que tus hormonas de puberto te hacen malas pasadas y no puedes por eso aterrizar en la realidad. Que si él, que si ella, que si todo. Y por ende no puedes pensar.
Te vuelves un adolescente y la misma situación. Sin poder pensar. Ahora es porque en medio de tu crisis de no saber quien eres estás más allá que acá. Y todo te gira, da vueltas y tu, nada. No, no te dejan pensar y con la excusa de que no es el momento, que luego, cuando seas mayor y vallas a la universidad podrás pensar.
Vas a la universidad. Tampoco te dejan pensar. Ahora resulta que ser joven es sinónimo de ser un descarriado. Que vas por la vida sin pausa ni pauta y que en medio de tu irracionalidad descontrolada es imposible que puedas pensar.
Sales de la licenciatura. Comienzas una maestría. Y no, tampoco puedes pensar. Ahora eres un joven profesional ignorante de la profundidad del conocimiento verdadero y como tal debes ser educado y amaestrado en la especialización del dedo del pie.
Vas por el doctorado. Después de todo no hay grado más alto que ese, en teoría te tienen que dejar pensar. Nada. Porque siempre existe el que revisa tu tesis y te dice: mira que todo eso es un disparate.
En resumen, el sistema educativo del mundo y la vida esta diseñado para ser un sistema de entrenamiento continuo en el arte de amansar bestias errantes.
La verdad sea dicha, pasas tu vida sin poder pensar.
